‘Cuando nadie nos ve’: la serie de Max revela las grietas de la fe, el poder y el silencio

La tensión entre lo que pasa dentro y fuera, entre lo que se muestra y lo que se calla— es precisamente el corazón de la serie, escribe Santiago Barraza López

Miércoles, 02 de abril de 2025 18:30 EDT
Protagonistas de ‘Cuando nadie nos ve’
Protagonistas de ‘Cuando nadie nos ve’ (©Emilio Pereda)

El título de la nueva serie original de Max no miente: casi todo en la serie sucede “cuando nadie ve”. Basada en la novela homónima de Sergio Sarria, Cuando nadie nos ve, es, en apariencia, un thriller policial. Sin embargo, basta ver el primer episodio para entender que es mucho más: una exploración de la España profunda, de sus silencios enquistados, de los vínculos entre poder, religión y comunidad.

Ambientada en Morón de la Frontera, un pueblo sevillano con una fuerte identidad cultural, la historia dirigida por Enrique Urbizu, se desarrolla durante la Semana Santa de 2024, cuando un supuesto suicidio y la desaparición de un soldado estadounidense destapan una red de secretos en la base militar y en las calles del pueblo.

La serie está protagonizada por Lucía Gutiérrez, sargento de la Guardia Civil, (Maribel Verdú), quien lidera la investigación local. Paralelamente, la agente especial. Magaly Castillo (Mariela Garriga), llega desde Estados Unidos para seguir la pista de su compatriota desaparecido. Lo que parece una investigación policial se convierte rápidamente en una radiografía del poder institucional y de los mecanismos sociales que, bajo la superficie de lo sagrado, reproducen el miedo, la impunidad y el silencio.

Morón de la Frontera: historia, identidad y frontera

Morón de la Frontera no es un lugar ficticio. Es un municipio real, con más de treinta mil habitantes, ubicado a unos 65 km de Sevilla, al borde de la campiña y cercano a las montañas de la Sierra Sur. Su historia es compleja y rica: con presencia romana, musulmana y cristiana, el “de la Frontera” en su nombre alude a su papel como línea divisoria durante la Reconquista. En otras palabras, Morón ha sido literalmente frontera entre mundos —algo que se retrata también en la serie.

La existencia de una base militar estadounidense en las afueras del pueblo (instalada en los años 50 como parte de los acuerdos entre España y EE. UU. durante el franquismo) introduce un cruce cultural inusual para un pueblo de su tamaño: conviven lo rural y lo internacional, lo tradicional y lo estratégico, el español profundo y la política exterior. Esta tensión —entre lo que pasa dentro y fuera, entre lo que se muestra y lo que se calla— es precisamente el corazón de Cuando nadie nos ve.

La Semana Santa como espejo narrativo

Ubicar la serie durante la Semana Santa no es una decisión estética ni un simple recurso de ambientación. En Andalucía, la Semana Santa no es solo un evento religioso: es una estructura cultural y social. Marca el ritmo del año y establece una lógica de sacrificio, redención y representación pública que impregna todos los aspectos de la vida local.

Las procesiones, los tambores, los nazarenos y las imágenes religiosas aparecen como parte del paisaje de la serie y también como símbolos de una cultura del silencio, de la vigilancia mutua, del castigo y del control. En una escena, la protagonista mira pasar un paso mientras interroga a un sospechoso. En otra, una banda de cornetas ensaya mientras en la base militar se intenta encubrir una irregularidad. Todo está cruzado.

La serie no caricaturiza la religión ni se burla de la devoción popular. Más bien muestra cómo ciertas estructuras religiosas —como las cofradías o el respeto acrítico a lo sagrado— pueden, en ciertos contextos, servir como refugio para la impunidad o como herramientas de presión.

Una España que se mira (y se incomoda)

Cuando nadie nos ve forma parte de una ola reciente de ficción española que busca mirar hacia adentro, hacia las zonas incómodas del país. Como La unidad, Antidisturbios o La mesías, esta serie no tiene miedo de cuestionar instituciones tradicionalmente intocables: la Guardia Civil, el Ejército, la Iglesia y las familias tradicionales.

Y lo hace con una mirada contenida, pero crítica. Las dos protagonistas —una española que conoce los códigos del lugar y una extranjera que los observa con extrañeza— permiten ver el contraste entre quienes “juegan dentro del sistema” y quienes lo cuestionan. El guion evita el maniqueísmo: no hay héroes perfectos ni villanos caricaturescos. Hay personas atrapadas en jerarquías, rutinas y lealtades cruzadas.

La fotografía austera, los silencios prolongados, los planos cerrados y una música que evoca tensión sin melodrama refuerzan esta sensación de asfixia emocional. Morón no es solo un escenario: es un microcosmos donde se cruzan el deber y la culpa, lo personal y lo colectivo, la verdad y la conveniencia.

¿Qué se ve cuando nadie mira?

Tal vez la gran pregunta de la serie no es quién cometió el crimen, sino por qué tanta gente prefirió no hablar. Cuando nadie nos ve no ofrece respuestas fáciles. Pero sí lanza una invitación incómoda a mirar lo que muchas veces se esconde tras la devoción, unidad y tradición. Lo hace con oficio, con respeto, y con la potencia narrativa de quien sabe que las historias más poderosas no gritan: susurran.

Los primeros episodios ya están disponibles en Max, con nuevos capítulos cada viernes. Y si algo queda claro al verla, es que lo más importante —y peligroso— no siempre ocurre a plena luz, sino cuando nadie nos ve.

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